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El Día D

  • Jorge  LoaizaJorge Loaiza
El Día D 0001

Una nueva historia en nuestro apartado para mostrar que el póker también puede ser todo un cuento. Espero que la disfruten

Como buen aficionado futbolero, era un convencido de que si habría de existir un verdadero día de suerte para un hombre, ese día tenía que ser un domingo. El día de descanso. El de santificar las fiestas, según la tradición religiosa de su entorno. Los domingos era el dios de su pequeño universo, decidido a tomar un receso en su tarea de administrar la creación.

Esta vez había sido más costoso que de costumbre lidiar con la marea para llegar a tiempo a la tranquilidad soñada. El domingo lo saludó cuando él todavía lo imaginaba oculto tras la noche del sábado. Tres de la madrugada y recorrer a prisa el camino hacia el silencio de su apartamento, después de haberse aturdido tanto como quiso entre la estridencia de las luces y la multitud que colmaba la pista de la disco. Pero no encontró ese anticipo del paraíso que esperaba. En el sofá de la sala, más desparramado que sentado, con la cara desencajada y gesto ansioso, Pirulo, su compañero de piso, le dio un saludo, no precisamente de bienvenida.

Antes de que “El Piru” empezara a hablarle, a Fidel le había bastado con ver la pantalla del portátil en la mesita de centro, justo frente al sofá, para saber de qué venía la mano. El monitor aún mostraba una estática mesa de juego de “porkenoestar.com”, con un lacónico anuncio en el que se consignaba la deshonrosa eliminación del Piru, en una posición muy lejana a los cobros, de un torneo de USD$ 500 + 50… Momento… ¿De 500 + 50? ¡El Piru se había jugado íntegra la banca de su cuenta conjunta a una apuesta de todo o nada!

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Las explicaciones sobraron. O por lo menos llegaron en el momento más inoportuno. Pirulo habló de un dinero que le hacía falta reunir para poder cancelar el valor de su próximo semestre en la universidad, de lo viable que le pareció alcanzar al menos los niveles bajos de cobro en un torneo 6 max, de un doloroso bad beat con set de reinas cuando estaba en una situación muy ventajosa sobre el promedio de los rivales. En este caso ya no importaba la trama, sino el desenlace. La cuenta estaba en ceros y el día de la suerte, al parecer ya no sería ese domingo.

Lo único que le devolvió algo de calma para poder irse a dormir, fue ver que en su cuenta aún estaban intactos los puntos de jugador frecuente, con los que podría inscribirse por lo menos en el Sunny Sunday Revanch. Fidel dejó el asiento reservado en el lobby de porkenoestar.com y se levantó de la sala con el portátil entre brazos, como si fuera una criatura a la que protegiera del eventual ataque de ese engendro que yacía en el sofá. Habría tiempo para dormir y, como en toda tragedia, terminaría por salir un nuevo sol. Un nuevo torneo, un nuevo stack. Un domingo más para buscar la sonrisa de la fortuna.

Pirulo se la había hecho fácil. El silencio que delataba su ausencia, fue la única señal suya que encontró Fidel cuando el sol ya se ponía alto. Eso, sin duda, favoreció su concentración. Después de las primeras dos horas de juego, había conseguido doblar su stack y ponerse en sitiales de cobro de un prometedor pozo que ofrecía casi 20 mil verdes para el ganador del torneo. Faltaba toda la jornada aún para llegar a la mesa final, pero ese buen comienzo lo hizo sentir con aire en la camisa y confiar en que seguiría runneando bien, para alcanzar al menos un cobro que sacara su banca de ese lánguido estado de ceros en el que se encontraba.

Pero el único que debió tener un domingo sin sobresaltos algún día tuvo que ser Dios cuando hizo descansar con Él a la creación. En el momento en que recibía pareja de sietes en pleno botón, su teléfono vibró con esa intensidad especial que se reservan las emergencias. Era su padre. Un fuerte malestar estomacal súbito lo hacía sentir obligado a acudir a la sala de urgencias del centro de salud más cercano. Ante su debilidad, le era imposible manejar al hospital. Había que llevarlo sí o sí. Volvió la mirada a la pantalla para ver como el flop mostraba {7-},{7-},{q-} La mano perfecta si dos segundos antes sus cartas no se hubieran ido al muck tras consumirse por completo las reservas de su banco de tiempo.

– ¿Aló? ¿Garfio? ¿En qué andás, viejo? –Fidel hablaba con un apuro evidentemente inusual en él–. Te llamo porque voy a necesitar que te encargués durante un rato de mis fichas en el Sunny Sunday Revanch. ¿Cómo que no podés? ¿Lo estás jugando vos también? Pero si después de dos horas vos nunca estás con vida en ese torneo, loco. Está bien. Ni modo. –Fidel cortó desesperanzado. Su stack estaría prácticamente a la deriva durante un buen tiempo. Conducir el auto no le permitiría estar muy atento a la pantalla de su smartphone. Pero aún era domingo. Las calles invadidas de hinchas que caminaban hacia el estadio para alentar a su equipo se lo recordaron. Sobra decir que eran hinchas del rival de patio. De los Capuleto que antagonizaban con los Montesco del equipo rojiazul que siempre llevaba en el pecho y la memoria.

Fue al bajar del auto cuando el inicio de una leve llovizna lo hizo percatarse de que en medio de los afanes no había cargado la chaqueta de costumbre para protegerse en caso de que el clima lo obligara, como ahora sucedía. Mientras corría por los pasillos del edificio para ir al encuentro de su padre, su mente ató cabos. Recordó que la noche anterior, Daniela se acostó sobre sus piernas en el auto de Facu, y él no había dudado en permitir que su chaqueta le hiciera las veces de cobija. Al llegar a su apartamento, fue incapaz de descubrirla, pensando que el frío de la madrugada la despertaría. Y con esa deducción también pudo saber que aquel tigre que usaba por amuleto en las mesas de juego se había ido a dormir con Dani. Hasta entonces ni le había importado si aquel bichejo de goma estaba o no con él. No era mucha la certeza que ofrecía como amuleto, la verdad.

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Pero saber ahora que no lo tenía consigo, lo llenó de una ansiedad absurda. Y entonces en su mente se dibujó una cascada de imágenes atesoradas desde el momento en que bajó del auto de Facu, susurrando una despedida inaudible para Dani. Romper esa paz angelical de su rostro mientras dormía habría sido un crimen. Luego la sala de su apartamento. El saldo en cero en la cuenta de porkenoestar.com. Los tartamudeos de Pirulo para explicar lo inexplicable. La llamada de su padre. Los sietes foldeados que habrían sido póker.
La puerta del apartamento al fin se abrió.

– Móvete y ayúdame a llegar al ascensor, Fidel. ¿O te vas a quedar mirándome la cara para no olvidar que esta puede ser la última vez que lo hagás?
– Dejá de ser trágico, viejo. Va a estar todo bien.

Evadía como podía el río pastoso en que se había convertido el tráfico a causa de la lluvia. Cuando tenía que detenerse por acción de los semáforos intentaba algún movimiento en la pantalla de su Smartphone, pero era una utopía. Los blinds aumentaban por tercera vez desde que había salido de casa y su stack se acercaba peligrosamente a caer por debajo del promedio del torneo, justo cuando doblarse en un flip favorable sería clave para acercarse al cobro. A menos de 500 metros de llegar al hospital, un instante de obligada quietud le permitió ver el reluciente {a-Hearts},{k-Hearts} que le llegaba para defender su BB. La luz pasaba a verde y no había tiempo para decidir la forma correcta de jugar la mano. Un villano había abierto a 3 blinds. All in directo. Una desproporcionalidad que para un buen jugador sólo podía justificarse en una situación así.

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El vérdugo pagaba con pareja de reyes. El flop mostró {10-Hearts}, {k-Spades}, {7-Hearts}. Era increíble ir perdiendo cuando esa tres primeras cartas le daban tanta fuerza a su mano. Fidel, con la concentración puesta en el volante, se ahorraba el sufrimiento. {4-Clubs} en el turn. {9-Hearts} en el river. Su stack subió un poco más del doble y el camino a cobros parecía despejarse.

Las quejas de su padre no le dieron mucho tiempo para celebrar su buena suerte. Apuró tanto como pudo la diligencia de dejarlo listo para ser atendido y se quedó en la sala de espera. La intensidad del dolor abdominal del viejo había crecido súbitamente. Tal vez por eso las enfermeras lo hicieron pasar al consultorio tan pronto como pudieron. El diagnóstico no tardó mucho: una apendicitis hacía inminente una cita del padre de Fidel con el bisturí. La situación produjo un corto circuito en los cálculos de probabilidades, posiciones, odds y demás factores a considerar en cada mano para Fidel.

Los últimos rayos de luz de ese Sunny Sunday se fugaban a prisa cuando la llovizna se hizo un completo vendaval. Como si le faltarán dificultades a su domingo de la suerte, Fidel tenía que soportar ahora que su conexión a internet estuviera llena de intermitencias. Pensó que teniendo ya asegurado un cobro era hora de reconocer que las condiciones no eran favorables para su empresa pokerística y abortar el proyecto para concentrarse en transmitirle su mejor energía al hombre que le había regalado la vida. Y así lo habría hecho si no hubiera coincidido un instante en el que la señal náufraga de la red le permitió ver que tenía pareja de damas con el momento en que Daniela le escribía para recordarle que tenía su chaqueta y que podía pasar por ella si quería.

Jugó el all in directo y el big blind no tardó en recibirlo. Justo con ases. Era la hora. Una salida digna para otro intento de fortuna dominical. Pero Daniela se escribe con D de dama. A falta del set, completó un póker. La reina de tréboles en el flop y la de corazones en el river se hicieron explicables cuando leyó una nota más en la conversación con Daniela: “Ah… Me encantó ese tigrecito que dejaste en tu bolsillo. Creo que me voy a quedar con él porque me recuerda el gesto que haces cuando te finges molesto. Te espero, guapo”.

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Su stack triplicaba el promedio del torneo y bastaría administrarlo con acierto para conducir el barco a buen puerto. Claro, si las urgencias médicas, los fallos de conexión y la confusión de su cabeza se lo permitieran. Se retiró por un momento de la sala de espera mientras preparaban a su padre para que pasara al quirófano. Buscó entonces la forma de permitirle a su mente huir de esa situación, tan lejana a lo que esperó fuera su Sunny Sunday, su domingo de la suerte.

–Hola, Dani. ¿Cómo estás? Me alegra. ¿Yo? Algo preocupado. Tuve que venir al hospital con el viejo. Apendicitis. Lo operan enseguida–.
No hubo mucho tiempo para protocolo. Pronto pasó a explicarle a Daniela lo que pasaba con el torneo que jugaba.
–No, no importa que no sepás del juego. Vos me vas contando qué cartas te llegan y qué pasa en la mesa y yo te digo qué hacer. Sí, dale. Descargás el software en cuestión de dos minutos y te doy mis datos para que entrés por mí…

Nunca había jugado póker por chat, pero al parecer no era tan difícil visualizar la mesa con las orientaciones que le daban las palabras de Daniela. Las cartas también le ayudaron. Hizo un set con par de cincos que le reportó un pozo gigantesco. Luego completó un color en un momento clave, eliminando con él a un rival directo por los cobros mayores. Ganó y ganó manos, al tiempo que vio recortarse cada vez más la lista de aspirantes al premio mayor de aquel Sunny Sunday. O bueno. Ya ni sabía si atribuirse el mérito o concedérselo a Daniela y su amuleto, que en manos de ella funcionaba mejor que como había sido para él.

En el momento en que el médico le daba el parte de tranquilidad sobre la intervención practicada a su padre, se daba inicio a la mesa final del Sunny Sunday de porkenoestar.com. Fidel supo lo que debía hacer. Con el viejo sedado hasta la mañana siguiente, su presencia en el hospital sería un acto decorativo. Se enrutó a prisa hacia la casa de Daniela entre las calles vacías. Todavía leyendo sus mensajes supo que recibían una sólida pareja de dieces en el momento justo en que tocaba a la puerta de su improvisada cómplice de juego. El sonido del timbre dio paso a un grito de festejo que no daba lugar a confusiones. Sus dieces acababan de salir intactos ante un {q-}, {k-} de un short stack que se jugó la vida por las fichas que le permitieran dilatar su ilusión.

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Pocos segundos después, Daniela abrió la puerta con la misma amplitud de su sonrisa. A Fidel le pareció que más que volver a verla, era como si no se hubiera ido de su lado desde que le susurró ese adiós en la madrugada de ese domingo de la suerte. Ya estaban entre los cinco primeros premios del Sunny Sunday. Alcanzaría hasta para perdonarle a Pirulo su desfalco de la noche anterior y ayudarle a pagar su semestre universitario. Pero todo aún podía mejorar. Lo supo cuando entró a casa de Daniela y pudo verla con aquel pequeño tigre entre sus manos, usando la chaqueta de la noche anterior como si fuera una especie de camisón. El canela de sus piernas se le ofrecía en pleno a su mirada para que se asegurara con total convicción que si habría de existir un día de suerte para un hombre, ese día tendría que ser un domingo. Domingo, con D de Daniela.

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