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Ganar, es también perder un poco*

  • Jorge  LoaizaJorge Loaiza
Ganar, es también perder un poco* 0001

A Suerte de Cuento corresponde a un intento por abordar el póker desde una visión de creación literaria como tema y fuente de historias que nos permitan involucrar al lector en un compartir de sensaciones y una construcción ficticia que nos lleve a ver este juego como un universo, más allá del rigor informativo con el que solemos abordarlo. Espero sus comentarios y que la idea sea de su agrado.

Había pasado de la actitud expectante por una mano que lo sacara de apuros a un tedio casi resignado. Su presencia en la mesa estaba más cercana al deber que a la emoción de competir. Ya ni siquiera le interesaba disimular el gesto de fastidio en su rostro. El botón había dado vueltas una y otra vez, al compás de un reloj que parecía dilatar el tartamudeo de sus manecillas, mientras él levantaba las mismas cartas que seguían llegándole como predestinaciones. Manos que podía comparar con marcadores de algún evento deportivo o notas académicas de un estudiante no muy privilegiado: 2-3, 4-5, 4-7. Si por casualidad se atravesaba en sus manos una figura, su acompañante no le ofrecía confianza y la posición casi en ninguna circunstancia había llegado a favorecerlo para entrar en acción.

Aun así, resistía en la mesa. Kid había conseguido arañar uno que otro pozo, aprovechando su quietud en el juego para abrir con alguna combinación afortunada y robarse blinds, ayudado por esa imagen sólida con la que lo percibían los rivales. Las apuestas obligadas también lo habían llevado a tomar iniciativas con cartas que se desecharían prácticamente en cualquier otra posición. Una de sus pocas sonrisas de la noche había llegado tras igualar un min raise sin ver cartas y luego de un flop con 7-7-5, recibir el all in de su villano, que había entrado en la mano con pareja de cincos.

Kid viró sobre la mesa un 7-2. Esa “anti-combinación” de cartas que para muchos es vista como la peor posible antes de entrar a ver un flop en una mano de hold’em. Pensó en el 2 para el turn, pero era un número que ya parecía haberlo evadido desde algunas noches atrás, cuando escuchó esas palabras que parecen incorporadas al libreto femenino siempre que la ocasión lo requiere: “No, guapo. No eres tú; soy yo. Creo que es hora de que cada uno siga por su propio camino. Fue bonito intentarlo, pero ya hemos visto de sobra que no funcionamos juntos”, blablablá.

¿Funcionar? Como si una construcción de pareja fuera una máquina de desafiar al destino, o un mecanismo de relojería. ¿Dos? Definitivamente era un número que ya hasta le costaba imaginarse. El turn fue una dama de corazones que hizo que en su mente volviera a dibujarse ese rostro que ahora tanto temía no ver más. Las manos entre las que le gustaría estar dejando rodar su cabeza. Esos dedos largos que con tanta dicha cavaban túneles entre la marejada de su pelo. Olvidado de las esperanzas ya se levantaba de su asiento, cuando el river mostró a su favor el único 7 que podía dormir en la baraja. {7-Clubs}. Un número místico para muchas culturas milenarias. Sagrado para él también por coincidir con la cantidad de letras de ese nombre que le retumbaba en la cabeza como un badajo de campana: M-I-C-A-E-L-A.

Pero del momento en que recogía esas fichas al punto de presión que soportaba ahora en el torneo, había cambiado casi por completo la situación. Su stack se había venido a menos tratando de entrar en acción con conectores del mismo palo, o algún que otro par medio o bajo, que no se vio favorecido a la hora de ver las cartas comunitarias. Con niveles de ciegas en 1500 – 3000 y ante de 300, su stack de 34.700 puntos no daba para más recursos estratégicos que el de esperar una mano confiable o una posición favorable para empujar el “all in” que definiera el rumbo de su nave, estancada en ese pequeño lago de 22 jugadores que distribuidos en 3 mesas se batían aún por estar entre los 5 dichosos que se distribuirían una bolsa de poco más de 7 mil dólares.

El momento de poner la obligada mayor, le llegó como la orden del verdugo que fuerza al condenado a dejar su cuello a merced del filo de una guillotina. Justo tras el anuncio de aumento de los blinds: 2000 – 4000, con ante de 400. Sabía que su stack de menos de 10 ciegas estaría expuesto a la agresión de cualquier oponente para intentar aprovechar su debilidad. Recordó tantas situaciones similares en las mesas y cómo entonces podía tranquilizarse con solo pensar que la eliminación del torneo lo haría acreedor a un manantial de pequeños besos que cubrirían su rostro mientras la voz dulce y envolvente de Micaela le susurraría al oído esa frase que compensaba cualquier frustración en las mesas: “No te preocupes, guapo… Es la ley del equilibrio: Afortunado en el amor, mala suerte en el juego”.

El anuncio de raise hecho por el dealer, le sacó de la imaginación el espejismo de ver a su Micaela guiñándole un ojo y abriendo su boca como la puerta del paraíso para decirle “Ven y entra”. Y se dejó convencer. Eran apenas 2.5 blinds. Sabía que la jugada hecha por el Gato Rivera era una provocación. Un anzuelo lanzado para que fuera él mismo quien se engarzara al arpón empujando al paño sus fichas si tenía cualquier mano que lo hiciera sentir con opciones de duplicar su stack. Se contuvo para no actuar con impulsividad, pero al tiempo dejó que el instinto marcara la ruta. Cubrió sin ver. Como si no quisiera que dos malas cartas lo hicieran ver aún más vulnerable de lo que ya estaba.

El gesto de poner las fichas sobre el paño fue casi mecánico y sólo se decidió a levantar sus cartas cuando el flop trajo sus anuncios: {a-Clubs}, {2-Spades}, {4-Clubs}… Casi tuvo que pellizcarse para creer lo que veía. En sus manos saludaba un {3-Clubs}, {5-Clubs} que antes de ese flop de fantasía le habría parecido casi despreciable. Dio el golpe a la mesa para indicar que pasaba y retiró el protector de sus cartas, como si le enviara al villano la señal de que estaba listo para dejar su mano en el muck ante cualquier apuesta. El Gato Rivera se quitó los lentes oscuros de los ojos y con sorna se dirigió a Kid: “Hmm… ¿Ligaste ese As y no apuestas? ¿Así de bien acompañado lo tienes?” Y tocó la mesa para que el dealer hiciera su trabajo y virara el turn. {a-Diamonds}.

Kid no quiso esperar que fuera su oponente el que asumiera la iniciativa en la jugada y se apostó la mitad de las fichas que le quedaban a su reducido stack, pensando en no hacer renunciar a su rival de la jugada. Podía estarse exponiendo a que tuviera un As y completara un full house, pero el único camino que le quedaba para buscar sacarle valor a la mano era enfrentar ese riesgo. El Gato Rivera volvió a hablar entre risas: “Caramba… ¿Con las pocas fichas que tienes y apuestas sólo la mitad? ¡Juégalas todas entonces! ¡Yo sí quiero ver tu póker de ases!”. Y lanzó al paño 3 fichas de 10 mil puntos para sentenciar como precio de la apuesta el stack completo de Kid, al tiempo que dejó disperso en el salón el eco de sus dispares carcajadas.

La mano tomó el curso que era inminente. Kid cubrió la apuesta y Rivera se tardó en abrir sus cartas sobre el paño.

– Adelante, Kid. Muéstrame tus ases.
– Yo pagué por ver, Rivera. ¡Volteálas de una vez!
– ¿Será que ésta me sirve? – preguntó Rivera girando un {a-Spades}, sonriente.
– Depende con qué la lleves – respondió Kid sin titubear, dejando a la vista su {3-Clubs}, {5-Clubs}.
– Buena escalera. Podría llevarte al cielo, Kid – replicó Rivera al tiempo que enseñó el {a-Hearts} que completaba su póker.

Kid no se alteró por las risotadas de su verdugo. Apiñó sus pocas fichas y las empujó más hacia el centro del paño, como si renunciara al pozo aún sin ver el river. Por un momento, pensó que una mano tan encontrada tendría que ser la señal que esperaba para decidirse a buscar una última oportunidad de encontrar la voz y las caricias de su Micaela dispuestas a consolarlo. Tal vez una llamada precisa, unas palabras certeras, esa invitación tantas veces aplazada al restaurante italiano del que ella tan a menudo habló, fueran gestos que le abrieran de nuevo la puerta del corazón de su chica de mar y de cielo. En ese caso podría tomar lo que ocurría en la mesa sólo como un mensaje de augurio. Volvería el “afortunado en el amor, mala suerte en el juego”. El equilibrio. Hasta creyó sentir vibrar su teléfono cuando el dealer estaba por poner sobre el paño el fatídico river.

El {2-Clubs} vino a la mesa como si el destino se empeñara en decir que “el que ríe al último, ríe mejor”. La escalera de color le entregó el pozo al jugador que se redimía de sus cenizas. A Kid no le hicieron gracia las palabras de felicitación de los demás competidores, que asombrados comentaban que cuando una mano lleva tantas coincidencias consigo, es por alguna razón más cercana a la predestinación que a la lógica o, incluso, a los caprichos del azar. Recogió las fichas con un gesto frío en el rostro. Y quedó preso del eco de la voz del dealer al cantar el river: “Dos de trébol. Gana el caballero con escalera de color”. Dos. Ese número que le parecía tan esquivo, ahora le decía que se quedaría en la mesa para ver cambiar su suerte.

Y así fue. Las fichas que se le negaron en los ciclos anteriores del botón, ahora llegaron a sus manos como guiadas por un efecto dominó. Un set de jacks lo llevó a ganar un enfrentamiento contra {a-}{k-} y {q-Hearts}{q-Diamonds}, triplicando su stack. Un {10-Hearts}, {j-Hearts} se hizo escalera y le permitió eliminar a otro oponente y de mano en mano construyó un pequeño imperio de fichas que lo guió hasta el heads up, al cabo del cual se levantó de la mesa con el premio mayor del torneo. Pero la recompensa que de verdad quería, ya no estaría ahí para él. No encontró respuesta a sus llamadas. En el bolso de Micaela, un teléfono vibraba sin que ella tuviera percepción siquiera de que eso estaba pasando. Y en la imaginación de Kid, las felices palabras de consuelo de esa voz que siempre tendría para él el mismo efecto del canto de las sirenas para los oídos de Ulises, parecían cambiarse ahora: “Es la ley del equilibrio, guapo: Mala suerte en el amor; afortunado en el juego”.

Ganar, es también perder un poco* 101

* Título con licencia para plagiar a la inversa las sabias palabras del epistemólogo del fútbol Francisco “Pacho” Maturana, director técnico de la selección Colombia en los mundiales de Italia 90 y Estados Unidos 94, quien a su vez ya se había valido de una cita de Shakespeare para su inmortal sentencia “perder, es también ganar un poco”.

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