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Decimocuarta entrega de "El Giro del River", la novela exclusiva de PokerNews

  • Osvaldo ColomboOsvaldo Colombo
Decimocuarta entrega de "El Giro del River", la novela exclusiva de PokerNews 0001

Capítulo III. Parte 4. Jorge Rojas, Gerente de Casinos Viña y representante de Security Poker en Latinoamérica. Por fin en marcha.

Martes 30 de noviembre de 2015. 17:00 hrs.

Jorge Rojas cerró su última maleta y llamó al chófer de su limusina para que lo trasladara al Puerto de Valparaíso. El Giro del River zarparía en cuatro horas más y estaba todo en orden. Lo único que faltaba era abordar el crucero y comenzar con el calendario de competencias, que debutaría el miércoles con las primeras mesas del Evento Principal.

Abordó el vehículo y suspiró contento. Todo estaba en orden. El trayecto entre Viña del Mar y Valparaíso supondría de quince a veinte minutos, por lo que contaba con tiempo suficiente para instalarse y coordinar los últimos detalles de la primera noche, donde la mesa de celebridades acapararía todas las miradas.

Su teléfono comenzó a sonar y contestó. Era Galleguillos.

- ¿Qué pasa?
- Hay problemas.
- Soluciónalos.
- Esto escapa de mis manos. Hay una marcha universitaria y tienen bloqueado el acceso al crucero.
- ¿Pero qué tenemos que ver nosotros con esos muertos de hambre?
- Alegan que con los problemas actuales no hay derecho a un evento como éste. Además, se enteraron de que los impuestos del torneo no se quedarán en Chile. Están indignados.
- Llama a la policía. Unos cuantos golpes y todo volverá a la normalidad.
- Estás bromeando, ¿cierto?
- Por supuesto que no. ¡Hazlo ahora! –gritó, colgando el teléfono.

Se reacomodó en su asiento. Ya no estaba tan contento. ¿Cómo se filtró el tema de los impuestos? Se trataba de información absolutamente confidencial, alguien debió haberla filtrado. “Quizás no fue buena idea confiar en Galleguillos. Estos pelafustanes de izquierda aprovechan cualquier instancia para traicionar”, reflexionó.

El vehículo continuó andando y se internó por calle Errázuriz en dirección a la Aduana, donde aguardaba El Giro del River. Habían decidido que el crucero zarpara desde allí (atrás del Puerto), para ocupar exclusivamente esa zona de desembarco. Sin embargo, jamás se le ocurrió pensar en una manifestación ciudadana.

El auto se detuvo.

- ¿Qué pasa?
- No podemos continuar –respondió el chofer-. El camino está bloqueado.
- ¿Bloqueado?
- Sí. Hay jóvenes cerrando la ruta.
- ¿Dónde estamos?
- Frente al Puerto. Justo en Plaza Sotomayor.
- Caminaré lo que falta. Busca dónde estacionarte y me llevas las maletas.

Se bajó del vehículo y caminó entre la muchedumbre. Casi todos eran jóvenes de ambos sexos, pero también había adultos y alguno que otro anciano. Jorge Rojas los miró con desprecio y siguió avanzando.

Justo frente al crucero, al final de calle Errázuriz, se encontraba la mayor aglomeración de personas, donde una cadena humana impedía el acceso al enorme barco.

- ¡Que lo vengan a ver, que lo vengan a ver, esto no es democracia son puras leyes de Pinochet! –gritaban.
- ¿Qué se creen estos rotos de mierda? – murmuró Rojas en voz baja. Luego gritó-: ¡Galleguillos! ¡Galleguillos!
- Aquí estoy –contestó el periodista, acercándose.
- ¿Llamaste a la policía?
- Sí… Vienen en camino.
- ¿Dónde está todo el mundo?
- Casi todos ya abordaron el crucero, incluso el personal. Sólo faltamos nosotros, Lobos con su amigo periodista y casi todos los jugadores locales, incluido Charles Medina.
- ¿Cuántos son?
- Poco más de cincuenta.
- Entremos.
- El acceso está cerrado. Imposible.
- ¿Esperas quedarte acá para cuando llegue el guanaco y los moje a todos con agua con mierda? ¡Vamos!
- Jorge, escúchame. No lo creo conveniente. Si no logramos entrar, haremos el ridículo. Debes cuidar tu imagen pública.
- Y la tuya también, ¿no es así?
- ¿A qué te refieres?
- Tu imagen de rebelde revolucionario no permite que nos enfrentemos al lumpen. Además, alguien filtró el tema de los impuestos. Era imposible que lo supieran de otra fuente que no sea de mi círculo cercano.
- ¿Insinúas que fui yo?

Jorge Rojas no alcanzó a responder. Las sirenas policiales se acercaron y al poco rato nuevos protagonistas se sumaban a la escena.

- A la gente se le ruega dispersarse –ordenó una voz por megáfono.
- ¡Educación gratis para todos! –contestó alguien.
- ¡Váyanse a robar a otro lado! –respondió otro.
- ¡Los pacos tienen tetas! –vociferó un tercero.
- Si no obedecen, procederemos a actuar con los guanacos.
- ¡Y cómo, y cómo, y cómo es la weá; la gorda estudió gratis y ahora hay que pagar!

Enrique Galleguillos prendió un cigarro y sonrió.

- No puedes negar que las canciones son ingeniosas.
- No es momento para bromas. Mira, ahí viene el guanaco. ¡Arranquemos!

El agua putrefacta saltó a chorros por la manguera del automóvil blindado, golpeando a los manifestantes. Los gritos de dolor y asco fueron instantáneos. Un pelotón de policías, luma en mano, avanzó hacia la cadena humana. Una dura trifulca comenzó entonces entre manifestantes y el brazo del poder, que como siempre, sacó la mejor parte, golpeando a diestra y siniestra sin discriminación.

- Supongo que no es la publicidad que querías –comentó preocupado Galleguillos-. Deberemos hacer mucho para lavar esta ropa sucia.

(Fin del capítulo 3).

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