Decimoquinta entrega de "El Giro del River", la novela exclusiva de PokerNews

  • Osvaldo ColomboOsvaldo Colombo
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Capítulo IV. Parte 1. Charles Medina, Detective Privado. Revolución.

Martes 30 de noviembre de 2015. 19:00 hrs. Valparaíso.

Charles Medina aplastó la colilla de Chesterfield contra el pavimento y siguió caminando hacia el crucero. Llevaba en la espalda su vieja mochila para el computador junto a algunos libros; un par de bolsos con ropa, uno a cada hombro; y por último, bajo su brazo izquierdo, un enorme cuadro de Chaplin, el mismo que colgó en la pared de su oficina durante tanto tiempo.

Faltaba poco para llegar al barco, muy poco, pero sentía las pantorrillas acalambradas. El descanso para fumar un cigarrillo no sirvió de nada y más bien empeoró la situación. Gruesas gotas de sudor recorrían su rostro, tenía la espalda empapada y ahora, además, sentía el pecho ahogado.

Poco antes se había desarrollado una pequeña protesta en torno al crucero. Según escuchó por radio, intervino Carabineros y desalojó a los manifestantes en un santiamén, dejando como resultado algunos detenidos por desorden y “violencia contra la autoridad pública”. Sin embargo, a esa hora, sólo se respiraba tranquilidad.

Divisó el gigantesco armatoste descansando sobre la orilla y se sintió minúsculo, sin importancia. El crucero tenía innumerables ventanas, todas polarizadas, y cinco pisos además del techo, un enorme techo donde, según Medina, se podría jugar fácilmente un partido de fútbol. Siguió caminando, cruzó el acceso hacia el barco y avanzó por un pasillo que lo llevaba a una escalera mecánica, donde se topó con dos guardias que hacían las labores de portero.

- Identificación, por favor.

Charles Medina mostró su cédula de identidad y el comprobante de la entrada al torneo. El individuo más alto revisó los documentos y después de checkear unos papeles, le ordenó sin mirarlo:

- Sígame.

Ingresaron a una pequeña oficina. Sólo había un escritorio y dos sillas. En la más alejada, un tipo gordo y de rostro colorado esperaba aburrido. Se saludaron fríamente y habló con voz clara.

- Don Charles, buenas tardes. Espero que no se moleste, pero debemos revisar su equipaje.
- ¿Y eso por qué?
- Asuntos de rutina. Comprenderá que el viaje dura un mes y que recorreremos gran parte del continente.
- ¿Y a todos los revisaron como a mí?
- Sólo a jugadores locales. Los extranjeros fueron checkeados en sus respectivos aeropuertos.
- Si es así, no hay problema.

Mientras cumplían con el trámite, Fernando Lobos golpeó la puerta y, sin esperar respuesta, entró en la oficina. Al principio, Medina no lo reconoció y siguió esperando en silencio, mientras el tipo de la guardia revisaba pacientemente entre camisas y ropa interior. El periodista tocó el hombro del detective, quien al observarlo hizo una mueca involuntaria.

- ¿Lobos?
- Hola, Medina.
- ¿Qué mierda hacer vestido así? O mejor dicho, ¿qué diablos haces aquí?
- Trabajando –respondió secamente. Observó a los guardias y se acercó serio-. ¿Está todo bien? Perfecto. Entréguenle sus llaves. Vamos, te acompañaré a tu habitación.

Ambos salieron de la oficina. Charles Medina cargó su equipaje en un carro y siguió a Lobos, que caminaba adelante con gesto autoritario. Subieron por un lento ascensor al cuarto piso y cruzaron un segundo pasillo con incontables puertas a lo largo de ambos costados. Cuando llegaron a la 407, Medina introdujo la enorme llave en la cerradura y la giró dos veces hacia la izquierda. Empujó la puerta, que rechinó al abrirse, y avanzó con el carro hacia el interior.

- Un bonito detalle –comentó Medina-. Le da un toque a siglo pasado.
- Sería bueno que lo vieras de esa forma –respondió el periodista-. Pero supongo que es ironía, ¿verdad?
- Aún te queda algo de materia gris –suspiró el detective mientras intentaba cerrar la puerta-. Fue un gusto volver a verte, aunque espero que no sea tan seguido.
- Necesito que hablemos –dijo Lobos.
- No me interesa lo que necesites. ¿Crees que soy idiota? Ahora eres lacayo de Rojas. Seguramente te mandó a investigarme.
- Sólo cinco minutos. Por favor. Sólo pido que me escuches.
- Eres peor que una lluvia de zancudos. Cinco minutos y te largas.
- Muy bien. Permiso.

Medina se tumbó en la cama. Lobos se sentó en una orilla y cruzó ambas manos sobre sus rodillas.

- Te escucho -habló Medina-. ¿Pretendes explicarme por qué te vendiste? ¿Qué bluff vas a contarme?
- Yo no me vendí. No seas idiota. ¿De verdad piensas que me llené la boca sobre periodismo independiente para cambiar de capa a la primera oportunidad que se presenta? Sólo vi una oportunidad y la aproveché. Juré que tomaría este barco como fuera y me aferré a la última opción que tuve.
- ¿Y de qué sirve tanta palabrería? De todas formas, ahora trabajas para Security Poker. ¿Crees que me tragué esa revisión de equipaje extra? Rojas cree que le voy a boicotear el evento.
- ¿Y no es así acaso?
- No hablaré de eso contigo –miró el reloj-. Te quedan dos minutos.
- Jorge Rojas está loco. He visto cosas que ni siquiera te imaginas. Hoy mismo, de hecho, le pidió a Galleguillos que utilizara a la policía contra los manifestantes.
- ¿Piensas traicionar a Rojas? ¿Eso estás diciendo? Supongamos que te creo. ¿Eres idiota? ¿Sabes por qué le dicen “El milico”? Si te descubre, te cocina vivo.
- Tengo un plan. Pero primero quiero saber tu postura.
- Siempre estaré contra Rojas. El punto es que tampoco estoy de tu lado –prendió un cigarrillo-. Necesito pensarlo. Ni siquiera sé si puedo confiar en ti.
- Piénsalo –terminó Lobos-. Y por favor, no hables con nadie sobre esto.
- Por supuesto –se puso de pie y abrió la puerta de salida- Ya pasaron tus cinco minutos. Adiós.

Lobos se marchó y Medina fumó el resto del cigarrillo en silencio. Luego tomó el cuadro de Chaplin y lo colgó en la muralla frente a la cama.

- ¿Qué opinas? –preguntó mientras comenzaba a ordenar su ropa-. Debo admitir que no lo esperaba.
- No será la primera sorpresa que te espera -respondió la voz de Chaplin desde el cuadro-. Más vale que te concentres en el torneo. Si haces el ridículo, te vas preso. Recuerda que necesitamos ese dinero. No creo que me permitan seguirte hasta la cárcel.
- ¿Necesitamos? ¿Seguirme? Me caías mejor cuando no hablabas -respondió molesto el detective-. ¿Quién se habría imaginado que el genio del cine mudo era sobre todo un hablador?

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